Cerraron un camping en Los Alerces para alojar a brigadistas voluntarios

Cerraron un camping en Los Alerces para alojar a brigadistas voluntarios

El camping Abuelo Daniel se convierte en refugio para quienes luchan contra el fuego, mientras la comunidad enfrenta la devastación.

3 de febrero de 2026, 8:03 p. m.


Ante la creciente amenaza del incendio que se originó en el Lago Menéndez, en la parte norte del parque nacional Los Alerces, los administradores del camping Abuelo Daniel, ubicado en Lago Rivadavia, tomaron la difícil decisión de cerrar sus puertas al turismo. En su lugar, optaron por ofrecer alojamiento a los brigadistas voluntarios que llegaban al área para colaborar en la lucha contra el fuego.

Desde ese momento, las jornadas comenzaron a las 5 o 6 de la mañana. Los brigadistas se dedicaron a preparar desayunos, evaluar las condiciones del terreno y salir al campo en busca de focos de incendio, ya sea para extinguir nuevos puntos calientes o proteger viviendas cercanas. Por la tarde, se organizaban cenas, y aunque las guardias nocturnas eran inevitables debido a la baja de temperatura, los voluntarios intentaban descansar, al menos, tres o cuatro horas para repetir el arduo trabajo al día siguiente, una y otra vez.

El camping lleva el nombre de Abuelo Daniel en honor al bisabuelo de Daniel Nataine, quien llegó a la región a principios del siglo XX desde Loncopué, en Neuquén. Este establecimiento se localiza al inicio de Villa Lago Rivadavia, a 8 kilómetros de la entrada norte del parque Los Alerces y a 14 kilómetros de Cholila. La administración está a cargo de Daniel Nataine y sus hijos, Leila y Nicolás.

Leila relató cómo el fuego, que comenzó en el Lago Menéndez, se propagó rápidamente a través de lagos y ríos, alcanzando Villa Lago Rivadavia y extendiéndose por la ladera norte del cerro La Momia, donde arrasó la vivienda de la familia Rosales. El fuego pasó peligrosamente cerca de otras casas, las cuales fueron defendidas por brigadas autoconvocadas y por instituciones que se sumaron a la lucha.

En un momento crítico, el fuego rodeó el camping por múltiples frentes. “Tuvimos lenguas de fuego enfrente. Una brigada se comunicó con mi papá y decidimos abrir el camping para esos brigadistas organizados. Se estableció una base operativa comunitaria y se habilitaron los dormitorios. Recibimos donaciones para proveer a los brigadistas con alimentos, herramientas y traslados. También pusimos a disposición herramientas y vehículos para combatir el fuego”, explicó Leila.

El grupo de brigadistas fue variando, con un promedio de 30 voluntarios, aunque llegaron a contar con un máximo de 40 personas provenientes de diferentes puntos de la Comarca Andina. “Algunos han venido de otras áreas afectadas por incendios. Se acercan con la experiencia de haber vivido situaciones similares. Algunos incluso han perdido sus hogares y ahora se dedican a la reconstrucción. Desarrollan un conocimiento autogestivo”, enfatizó Leila, quien también agradeció la solidaridad recibida.

Leila criticó la precariedad de los brigadistas “formales”, quienes se encuentran en condiciones laborales difíciles, con contratos temporales de tres meses y sin el equipamiento adecuado. “He visto a combatientes coser su ropa y sus borcegos, atando todo con alambre. La situación es tan extrema que la gente se organiza en brigadas. Si esperamos a que lleguen los brigadistas formales, que priorizan la vida, las viviendas y luego el bosque, se habrían quemado más casas”, advirtió.

En el camping Abuelo Daniel, las actividades comienzan antes del amanecer con la preparación de desayunos. La comunicación a través de radios con otras brigadas resulta fundamental para conocer la situación antes de cada salida. “Sabiendo lo que sucede, se define la logística: a dónde conviene destinar los esfuerzos. Esto demuestra la prudencia y la capacidad de planificar, sin salir a apagar un incendio a ciegas”, subrayó Leila. Las cuadrillas regresan justo a tiempo para la cena, cuando el sol comienza a ocultarse. “Llegan cansados y hambrientos, y al día siguiente, vuelven a empezar. Han pasado días durmiendo apenas tres horas, con suerte. Ellos ponen el cuerpo, pero también lo hacen con buena energía”, comentó.

El objetivo principal de la brigada voluntaria es proteger las casas de los pobladores del fuego o extinguir los focos que se detecten. Cada día, la atención se centra en la dirección del viento.

Mientras tanto, Leila, su pareja, su padre y su hermano, quien dejó todo en El Bolsón para ayudar, cocinan para sostener el trabajo solidario de la brigada, alternando con recorridas por el lugar que habitan desde hace años. Este conocimiento del terreno es invaluable para los combatientes, ya que les permite acceder a sectores de difícil acceso.

“Vimos lenguas de fuego arrasando el bosque muy cerca de las casas. El fuego nos rodeaba por todos lados. Montañas enteras estaban en llamas. Vamos a exigir justicia porque esto se pudo haber evitado”, lamentó Leila, quien enfatizó que el impacto emocional es enorme, aunque “la emergencia nos obliga a mantener los pies en la tierra. Hay que tener la cabeza fría para evaluar situaciones y actuar según lo que se necesite”.

Las recientes precipitaciones, las bajas temperaturas y el alto nivel de humedad lograron aplacar las llamas, pero los pobladores son conscientes de que la situación podría complicarse nuevamente. “Esto nos brinda un respiro, porque enfría las zonas calientes. Pero el fuego sigue latente. Ayer fuimos a apagar un foco y veíamos humo salir del suelo: las raíces siguen ardiendo aunque no sean visibles”, destacó Leila, quien divide su vida entre Bariloche, donde estudia Antropología en la Universidad Nacional de Río Negro, y la administración del camping en Villa Lago Rivadavia.

La familia Nataine depende del turismo, al igual que muchos de sus vecinos que se dedican a la producción ganadera, también afectada por el fuego. Sin embargo, Leila advierte que el impacto económico es secundario. Sabe que el paisaje ya no será el mismo y que los bosques que conocían no volverán a ser los mismos.